Teenieblas

nittablogM

Cuando se es joven cuesta entender la diferencia entre madurez y podredumbre. Atrae más el verdor amargo del valemadrismo que el dulce fermento de la paciencia.

Recuerdo mi pubertad como un lapsus. Años inconstantes en los que día sí, y día también, el impulso me rebasaba por la lateral. Sabía que pellizcarme los barros significaba potenciar su purulento crecimiento. Aún así, creo poder asegurar que magullé cuanto asomo de grasa hubo en mi cara.

Ser adolescente lleva consigo altas dosis de premura, misma que alienta a experimentar, mas no en cabeza ajena. Es el reino del éxtasis impotente, donde te sabes capaz de todo y tienes permiso de nada. Quizá a esto se deba que las únicas y más sencillas barreras por ignorar sean las propias: ya hay sangre en mi barbilla, pero sigo buscando pus.

¿De qué manera explicarle a un saco de hormonas impetuosas que tremenda efervescencia es pasajera? Como no sea adelantando el tiempo, imposible. No lo sabemos, pero adentro de este hervor, tan lujurioso como culpable, se cocina a fuego lento la sensatez.

Una vez superado el “¿qué pasaría si…?”, llega el ignominioso “¿en qué estaba pensando?”. Otra cosa que ignoramos: la rabiosa necesidad de querer borrar nuestros diecialgo es el primer paso fuera de la pubescencia.

Lamentablemente, abandonarla es empresa difícil. Ya no tanto por los impedimentos físicos, como por la enfermiza adicción a la irreverencia. Se sabe, aunque muy en el fondo, que el salvoconducto de la edad caduca pronto. Qué flojera y qué terror dar la cara por nuestros actos.

Curioso es que fuera de estas certezas, la vida del púber transcurre entre sensaciones y pensamientos que se antojan inmortales. Nunca fue, ni será tan fácil jurar amor eterno, y ay de aquel que ose contradecirlo.

La adolescencia, más allá del carácter chocante y la incomodidad perenne, significa no comprender por qué si se pensó una cosa, se hizo la otra. Mente y cuerpo en total desequilibrio. De ahí que al joven le resulte ofensivo dar cualquier clase de explicación. Arrobado en su sentir contradictorio, suficiente tiene con terminar el día habiéndose pendejeado la menor cantidad de veces.

El tenaz anhelo de cumplir los veinte se hace tan apremiante que más le vale al moco en cuestión tratar de ignorarlo. De lo contrario, el único remanso de calma fuera de esta arraigada obsesión, lo alcanzará atacándola pertinazmente. Siempre con la envidia mal disimulada. A flor de piel.

Uno se cree exento de dichos fervores procaces hasta que respira fuera de ellos, y encuentra que está hundido de pies a cabeza. Por eso hoy, a mis casi veinticinco, repruebo con actitud maternalista casi todo lo que hice entonces. Imposible suprimirlo. Necesario agradecerlo. ¡Pero por favor no me lo recuerden!

Ilustración: Maitena (Mujeres Alteradas 5). 

Chilanga sietemesina. Primera parte

Columna_y_angel_ciudad_de_mexico

Nos separan 500 kilómetros. Entre cinco y siete horas por tierra. Una volando. Estamos realmente cerca, pero aun así, tapatíos y chilangos libramos una guerra bastante extraña cuyos argumentos sólo parecen tales porque miles de personas los apoyamos.

Desde que la razón llegó a mí estuve escuchando agrias críticas contra los defeños patrocinadas por mi papá. Ingeniero tapatíamente resignado a convivir con foráneos por cuestiones de karma laboral. De brutos no los bajaba, y para él sólo los regiomontanos superan la ineptitud chilanga. ¿Cómo entonces no iba a crecer pensando que el Distrito Federal no era más que una peste impuesta y embotellada? Considerando también que con base en tal desprecio no visité la capital hasta los dieciocho años, y que los pocos ejemplares chilangos que tuvieron a mal cruzarse en mi camino resultaron basura irreciclable.

Como vil jalisquilla rencorosa porté durante años la camiseta de “Odiemos todos a los chilangos”, y me dediqué a dispararles balas de saliva a la menor provocación. Cosa estúpida, pues nunca se me ocurrió que en un territorio tan densamente poblado tenían cabida también mentes bondadosas y corazones adorables. El odio colectivo me cegó.

En cinco días cumpliré siete meses de contribuir al hacinamiento urbano de la Ciudad de México. Cosa que, debo admitir, me gusta sobremanera. Pues luego de haberme tragado todas y cada una de las calumnias que a lo largo de mi vida dejé caer sobre los chilangos, no tuve más remedio que aceptar gustosa mi destino tenochca.

Lo raro es que a pesar de estar Guadalajara tan cerca de una de las ciudades más pobladas del mundo, he encontrado diferencias abismales de cuyo shock aún no me recupero. Por ejemplo, back in The Western Pearl, somos bastantes quienes superamos el metro sesenta de estatura, sólo que no hay manera de notar eso hasta que llegas al microbús de San Ángel y sin más tu cabeza ya se metió un madrazo épico con el TECHO del vehículo. Encuentro un placer malsano en notar que soy la única sosteniéndome de los tubos superiores del camión.

Por otro lado, es totalmente cierto que el tráfico aquí vive desquiciado. Al cruzar una calle en Guadalajara no es necesario mirar el semáforo, ya que existe la posibilidad de que con todo y el siga no transiten coches. Aquí no. De hecho, el foco rojo no es garantía de paso libre, ya que son tantas las personas y tan absorbentes sus preocupaciones, que nimiedades como las reglas de tránsito son más estorbo que ayuda. ¿Por qué detenerte si de todos modos no viene ningún coche del otro lado? Juraría que ser peatón del DF es más riesgoso que saltar en paracaídas.

Ahora bien, me parece de suma importancia mencionar con bombo y platillo el tema de las quesadillas. Ése que a todos los “provincianos” nos retuerce las tripas y ofende la lógica. Con todo y las más de treinta semanas que llevo en este lugar, sigue pareciéndome bobo que la explicación de la quesadilla sin queso sea el doblado o no de la tortilla. O peor, que la RAE ha declarado correcto el uso de la palabra aunque el pinche antojito carezca del producto lácteo. ¿De cuándo acá se volvieron tan apegados al buen uso de la lengua, oigan? Pero en fin, el tema ya ha sido discutido lo suficiente, nomás que no podía dejar de mencionarlo. Para mí, las quesadillas tienen queso, y si llevan algo más, le agrego el “con” y no el “de”: quesadilla CON papas, por favor.

Aprovechando el despotrique, mencionaré también un par de cosas repelentes: que se refieran a nosotros como “provincianos” y que cuando quieran hablar de algún otro Estado, digan “el interior de la República”. Supongo que a los chilangos les caga que les llamemos así, y juro que procuro evitarlo, pero es que a mí el “provincia” me parece tan despectivo, que no encuentro otra manera de defenderme. Y vamos, Guadalajara es de las ciudades más importantes de México, ¿cómo es que cabemos tan bien en su definición provinciana? Aparte, ¿existe algo más céntrico en el país que el DF? ¡NO! ¿Por qué entonces las demás Entidades Federativas habrían de estar en el interior? Delirios de grandeza que van más allá de mi entendimiento.

Okay, estoy siendo injusta. Con todo y sus adjetivos desatinados, los capitalinos me han sorprendido de veras. Luego de haber pasado mi vida entera en la ciudad más mocha y panista del mundo, donde si no eres delgada y bella vales madre, llegar aquí vaya que cambia la perspectiva de las cosas. En el DF, o en el que yo he conocido, vales por tu carisma y simpatía. Aunque en la calle los hombres no podrían ser más obvios al barrerte, una vez que entablas relaciones notas cómo sus prejuicios están minimizados y son increíblemente open-minded. Nada de preocuparse por el qué dirán. Las cortesías aquí te las ganas a pulso. Desconocen los rodeos, los tapujos, y si algo no les parece, difícilmente titubearán para decírtelo. Las medias tintas aparecen cada tanto, y están tan acostumbrados a conocer gente “del interior”, que antes de juzgarte, se tomarán el tiempo necesario para conocerte.

Hay tantas personas en las calles que la indiferencia es el mejor escudo, por lo que me permitiré citar una frase de Arturo Pérez-Reverte que a los chilangos les queda como anillo al dedo: “Creo que en el mundo de hoy la única libertad posible es la indiferencia”. Y lo es. Mal haríamos quienes habitamos esta jungla de concreto, dirían en mi rancho, en desperdiciar el tiempo con la vida de los demás. Llevamos tanta prisa y hay semejante tráfico que el morbo ya es peccata minuta. 

Si viviera en un pueblo, controlar las apariencias terminaría siendo primordial, y aunque Guadalajara dista mucho de serlo, de todos modos era menester cuidarme las espaldas. Ayer pude comprobarlo: Desafiando lo poco que sabía en torno a la Primera Ley de Newton, salté del camión en movimiento (porque los marranos circulan con las puertas abiertas) luego de hacerle la parada una cuadra antes. Creo que fue el peor oso de mi vida, y aunque aún no lo supero, me tranquiliza el hecho de saber que nunca más veré a las estúpidas personas que me vieron aterrizar de rodillas cerca de Insurgentes.

Pero un post no será suficiente para describir con lujo de detalle las diferencias y similitudes entre Guadalajara y la Ciudad de México. Me tomó más de medio año asimilar con la cabeza fría estas pesquisas, ergo, supongo que he encontrado un tema que da para más.

Seguiremos informando.

Mala pa’l metate

Ups...¡Mamá, se me quemó el agua! Desde niña desarrollé un lazo tan estrecho con la comida, que el reto de aprender a cocinar ha estado coqueteándome. Como a cualquier mocoso, los procesos no me cabían en la cabeza, y al pedirle ayuda a mi mamá, decidió sabiamente que debía empezar desde cero: trayendo y guardando cosas. Tiré la toalla enseguida. O mejor dicho, el trapo.

¿Tan difícil era preparar un platillo entero? El ambiente me intimidó tanto que terminé por limitarme a disfrutar el resultado y no la elaboración. Asumí pues que a toda mujer le llegaba su día de iluminación culinaria. Me senté a esperar el mío y estoy entumida.

En la prepa me pasé dos horas por viernes metida en un laboratorio (?) haciendo galletas de avena, aderezos, mermeladas y ensaladas. Admito que me divertía, pero al final todo era tan mecánico y preparábamos cantidades tan grandes, que cuando quise hacerlo sola, fue un desastre.

No me importó. Tampoco es que fuera a vivir de conservas y vinagreta. Al fin y al cabo había demostrado ya que no era tan torpe tras la estufa… bueno, quizá Chole, la Antiguo pastor inglés de mi papá opine diferente, pues el día que me tocó hornear las galletas del grupo, hice explotar el horno y le quemé los bigotes. Ups.

Por otro lado, escondo un miedo absurdo y muy profundo que se ha negado a permitirme aprender los secretos de la cocina. Conociéndome, si de pronto me convirtiera en el as de la sartén, aumentaría de peso y bajaría de autoestima.

Sé que no soy la única cuya atención se disipa al intentar hacer algo tanto complicado como apresurado. Seguro quemaré los frijoles por estar ocupada pelando chícharos. He observado atentamente a mis papás y tías. Gurús del atascón. Todos parecen tener una coreografía perfectamente ensayada. Nada se les sala, ni se les amarga, ni se les aceda, ni se les chamusca. Conocen con precisión sospechosa los hervores de sus ollas, y pareciera que tienen un pacto satánico con la especias. Nunca faltan. Nunca sobran.

Yo, por mi parte, preparo sándwiches bastante sabrosos. Quesadillas casi perfectas y un dip de atún con ajonjolí que, modestia aparte, causa sensación en las reuniones. ¿Ya me puedo casar?

Supersónico

blade-runner-6 (1)

Si hago un esfuerzo sobrehumano quizá logre recordar cuándo dejé de pedir permiso para usar el internet. Sólo contaba con diez o quince minutos de navegación, pues en aquel entonces, cuando teléfono y red se unían, resultaba mucho más relevante tener libre la línea de casa. Uno nunca sabe cuándo llegarán llamadas urgentes, y seguro no lo harán vía MSN, ¿cierto?

Quién sabe si fue por culpa de mi generación o del entorno, pero no recuerdo haber crecido acompañada de cualquier gadget que no fuera un walkman o los Brick Game que traían miles de juegos, incluido el Tetris. Por lo tanto, mi entrada triunfal al mundo cibernético llegó tan tarde como la compra del Nintendo 64 que difícilmente usábamos Manuel mi hermano y yo.

La delicada mancuerna que se fue creando entre vida diaria y tecnología surgió a partir de Rafa, el primogénito, quien luego de adaptarse al gringo lifestyle compartía con nosotros sus hallazgos, o mejor dicho, el aparato de moda que tenía de cabeza a nuestros vecinos del norte. Cómo olvidar entonces cuando no sólo tuvo a bien presentarnos su flamante iPod primera generación, sino el iTrip, transmisor en cuyas entrañas pasaba algo mágico que permitía mandar la música a las bocinas del coche. ¡Qué maravilla!

Pasaron unos cuantos años de expectante ansiedad hasta que logré tener mi primer producto Apple: un iPod Shuffle que colgaba de mi cuello. Costaba trabajo pensar que ya no era necesario pasear por ahí cargada de CD’s y un reproductor aparatoso que, si bien cumplía sus funciones al pie de la letra, no dejaba de estorbar.

Y como dice mi mamá, de ahí pa’l real. Me hice adicta, como todos, a ir tras la vanguardia tecnológica aunque fuese un parto (de cash) estar “in”.

Pero vamos, todo esto ustedes ya lo saben. Presencian con tanta o más atención que yo la evolución y aumento de gadgets, mismos que tarde o temprano terminan en nuestros manos facilitándonos, o pretendiendo hacerlo, el día a día. ¿Cuándo nos íbamos a imaginar la existencia del iPad, por ejemplo? ¿En qué momento palabras como “Bluetooth” o “FaceTime” entraron al lenguaje cotidiano expulsando cruelmente al fax y al beeper?

Como sea, el punto de esta remembranza se debe a que vimos Blade Runner, y fuera de lo mucho que adoré la película, me dejó pensando acerca del giro increíble que dio el mundo a partir de los años ochenta, donde todavía era imposible pensar en una pantalla plana cuyo control remoto lo traemos incluido nosotros: los dedos, el calor.

Me sentiría en una profunda deuda con tan grandioso filme si paso de largo la visión que hubo para realizarlo, pues de ahí nace este texto. Es increíblemente verosímil y poco exagerada. ¿O será que a mí me lo parece porque estoy más para allá que para acá? Incluso de ser así, habría que elogiar con más ahínco todavía no sólo a Ridley Scott, también y quizá sobre todo a Philip K. Dick, escritor del libro Do androids dream of electric sheep?, en cuya historia se basa este clásico cinematográfico.

Seré osada atreviéndome a decir que en los últimos veinte años las tendencias científicas tuvieron un boom jamás visto. De hecho, este vertiginoso avance no parece cesar, al contrario. Casi cada mes aparece un nuevo invento más ostentoso que el anterior. Y es aquí cuando me arrepiento de haber deseado ser de otra época. Llámenme materialista, pero ¿por qué hubiese preferido estar pegada al radio que elegir en dos segundos CUALQUIER canción?

A veces la nostalgia estorba, no obstante, si Blade Runner acertó en la oscuridad permanente de las ciudades y la lluvia (ácida, quiero pensar), ahí sí me echo para atrás. Pero lo dicho: si extrañar no sirve de nada, supongo que esperar tampoco. Así que con su permiso, tengo todo un mundo virtual por descubrir.

Hasta siempre, Mrs. Doubtfire

rob

Fuera de la espiritualidad y los ideales sociales hay algo que nos une irremediablemente: la certeza de que en algún lugar del tiempo está impresa nuestra fecha de caducidad.
Es chistoso, normalmente tener plena consciencia sobre algo atrae seguridad, sin embargo, saber que moriremos casi siempre termina siendo el mayor miedo del ser humano. Ahora bien, si la inminencia de un suceso tan espantoso eriza los pelos, ¿cómo es posible que se le tache de cobarde a un suicida?

Ayer se hizo pública la muerte de Robin Williams, y hace unas horas confirmaron lo que muchos temíamos: se suicidó. La noticia tiene al internet de cabeza. ¿Cómo entender que un comediante tan emblemático pasaba sus días luchando contra una depresión severa? Estoy segura que mi generación entera vio Papá por siempre todas las veces que pasó por Canal 5. Sé también que muchos tuvimos pesadillas por culpa de Jumanji mientras deseábamos secretamente que el juego existiera. Es por culpa de Robin Williams que me gustaría creer en el cielo sólo porque en Más allá de los sueños su perro lo acompañó en el paraíso. Y como éstos hay muchísimos ejemplos.

Era un actor excepcional. La mayoría de sus personajes dejaron una huella indeleble en los niños noventeros como yo, y es justamente por esta presencia tan marcada que su muerte me ha puesto a reflexionar.

Uno pensaría que el dinero y la fama son sinónimo de felicidad, pero vamos, éste no ha sido el único suicidio dentro de la farándula. Es quizá inesperado debido a su calidad de comediante, pero viéndolo fríamente, tal vez fue justamente eso lo que hizo de su dolor algo tan profundo. Probablemente el día entero debía mantener la careta de showman mientras una gran tristeza se le añejaba dentro.

De pronto te enteras que Fulano se cortó las venas y piensas “¡¿pero cómo?! Era un chico inteligentísimo. Debió pedir ayuda.”, y finalmente lo único que queda es lamentarse, rogar por su alma condenada y procurar defender su memoria.

Pero el desasosiego no es el único sentimiento que paraliza el cuerpo cuando llegan noticias como ésta, también están el coraje y la decepción. “¿Por qué nos dejó solos? ¿Cómo fue que no pensó en nosotros?” Comienzan a sonar palabras como “egoísmo” o “cobardía”, y sin más se instala el eterno debate: ¿es un acto de valentía o una simple huida?

Procuro comprender que cada quien es responsable de sus actos, dueño de su vida, y que a partir de esto puedes hacer con ello lo que te pegue en gana, sobre todo si despertar es un martirio, si los colores ya no brillan y las ilusiones desaparecieron.

A veces la soledad es una terrible consejera y resulta imposible combatirla aunque cientos de personas estén cerca.

No podría defender a capa y espada el suicidio, pues debe haber casos ridículos, pero con la muerte de Robin Williams concluyo que juzgar de principio a alguien que se agarró los pantalones y se quitó la vida es injusto. Matarse es estar dispuesto a plantarle la cara a la muerte y dejar de existir con la esperanza de que todo mejorará, o con suerte, desaparecerá.

Rewind

photo

Me encantaba ir a Blockbuster de niña. Como siempre fui alta no era complicado mirar los estantes completos. Pasábamos horas eligiendo películas que hicieran llevadero el fin de semana, y nos organizábamos para saber los horarios de todos… bueno, se organizaban ellos (hermanos y papás), yo no era una persona muy ocupada en ese entonces.

Nunca me hicieron menos, Manuel y Rafa, así que no se molestaban si agarraba alguna que ya hubiera visto seis veces, por ejemplo, u otra que de plano parecía estar malísima. De hecho buscaban  cosas que me gustaran, como Jim y el durazno gigante, que una vez me rentó Rafa porque La Princesita estaba ocupada.

Era todo un evento llegar a la casa cargados de VHS’s y gusgueras, diría mi mamá. La pasábamos muy bien, aunque a veces yo me aburría o terminaban corriéndome de la sala porque “había escenas de adultos”. By the way, creo que es hora de confesarles algo, familia: todo lo vi. Desde mi cuarto era fácil, así que ups.

Lo malo venía a la hora de devolver las películas. Si no regresabas las cintas te cobraban, y luego de la milésima vez que usas la “regresadora” deja de ser divertido, con todo y que la nuestra tenía forma de cochecito. En fin, nadie quería hacerlo.

Recordé esto porque me enteré que un amigo todavía va a Blockbuster y porque Xavier me dijo que tenía un LaserDisc. Acepto que yo no conocía ese formato (una suerte de DVD gigante que se vendió casi al mismo tiempo que los reproductores de VHS). Por si fuera poco, no sólo tenía el aparato cantante y sonante, también la de Mary Poppins, película que yo rentaba SIEM-PRE y no había visto desde hace como dieciocho años. Fue increíble reencontrarme con ese pedacito de infancia.

De plano que he estado en un flashback constante. ¿Ustedes conocían estas cosas de LaserDisc o soy la única naca? (Sin agraviar, pues).

Soyadictos

Cow-620x350

Como ustedes saben (o no), gran parte de mi infancia-adolescencia fui “gordita”. Luego de muchos intentos fallidos con nutriólogos y dietas caseras me di por vencida. Llegaron los problemas alimenticios, las ojeras, etc. Al dejar atrás estas obsesiones me enamoré perdidamente de la comida.

Lo mejor de mi semana era el sábado cuando salía con mi papá y hermano a atascarnos. No veía la hora de tener frente a mí un filete humeante acompañado de unas crujientes papas a la francesa.

Cada que comíamos juntos, mi señor padre se tomaba la molestia de darme a probar algo, y si no lo hacía, se ponía de malas, aparte, siempre me agradó darle gusto, así que con el paso del tiempo se fueron agregando manjares a mi lista de comida preferida.

Claro que todo esto tuvo consecuencias, y el año pasado batallé con unos kilitos de más. Pero no podía parar de comer. Y fue curiosos, pues mientras mi amorío con lo culinario estrechaba lazos, fui testigo de cómo muchos conocidos y amigos cayeron en las garras del vegetarianismo, o peor: el veganismo.

Lo sé, debo respetar las decisiones ajenas, pero en verdad me cuesta un trabajo enorme imaginarme comiendo sólo productos orgánicos. No quiero pensar lo mal que la pasan en los restaurantes cuando miran el menú y, aparte de tener que rechazar todos los platillos, caen en la cuenta de que nada en ese lugar junta las características necesarias para ingerirlo.

Recuerdo cuando fui a Nueva York con mi hermano y cuñada, solíamos salir con una amiga de ellos que, aparte de ser alérgica a no recuerdo cuántos ingredientes, tenía bien arraigado este rollo entre chairo-hipsteroso de que sólo lo verde y natural es bueno.

Me divertía viendo la cara de los meseros cuando de pronto ya no tenían nada para ofrecerle, y ella terminaba eligiendo platillos extrañísimo como avena integral hecha con agua. Lástima, le tocó verme disfrutar un delicioso omelette con jamón y pan, mucho pan, mientras su cereal se apelmazaba en el plato.

Creí que esta chica era un caso aislado, pero al entrar al ITESO me topé con esta moda, porque aceptémoslo, es una moda. Sin embargo, luego de año y medio no logré acostumbrarme a verlos hacer malabares con sus moldes llenos de pasto mientras los ojos se les iban hacia la pizza del que tenían al lado, o a los tacos de la Cafetería Central.

Seguro varios estarán en desacuerdo conmigo y defenderán su postura a capa y espada. Está bien, tampoco digo que la mía sea una verdad absoluta, pero no termina de caberme en la cabeza cómo pueden “disfrutar” un pozole de setas cuando la carne, los granos y la cebolla de tremenda creación mexicana está entre las opciones del menú.

Comer es, sin duda, una de las mejores cosas de la vida. Bueno, la culpa que llega después es de las más horribles que existen, pero mientras un helado de fresa Häagen-Dazs se derrite en tu boca, cuesta trabajo pensar que quizá la puedas sustituir con soya.

Transporte público para dummies

c1

A ningún mexicano, quiero pensar, se le dificulta tomar un camión. Es cuestión de levantar el brazo y listo. Subes, pagas y a batallar se ha dicho. Sin embargo, ayer que viajé por primera vez en Metrobús entendí el sufrimiento que puede experimentar un extranjero en tierras aztecas (já).

Hice escala en un OXXO para conseguir cambio y, con toda la vergüenza del mundo preguntar el costo de dicho transporte: seis pesos. Perfecto.

Me encaminé hacia Insurgentes cuando caí en cuenta de que no sabía si Buenavista se encontraba hacia el sur o hacia el norte. Para empezar, en Guadalajara eso de usar los puntos cardinales es tan raro como ver a un brasileño apoyando a la Selección Argentina, y para terminar, la señora a la que me acerqué para salir de dudas se limitó a verme raro y soltar un seco y mal pronunciado “no sé”. Vaya, cuánta mala onda. Pero no me desanimé, pues todavía tenía el pendiente de no saber usar el Metrobús. En fin, ya estando ahí averiguaría qué hacer.

Cuando llegué al andén observé a la gente con el afán de imitarla, pero todos hicieron cosas distintas: unos se acercaron a una máquina que les escupió algo parecido a una credencial, otros a una suerte de cajero en el que insertaron billetes y varios más se fueron directo a la entrada deslizando sus ¿boletos? Por una pantalla. Entré en pánico, y más cuando mi condición de mujer no sirvió de nada al preguntarle a un chico cómo conseguir ¿tickets?, pues me barrió con indignación mientras respondía nervioso que no tenía idea. Pff, menudo imbécil. Afortunadamente vi a un oficial sonriente que me sacó del apuro: es menester tener un pase, mismo que se compra en las máquinas de la entrada. Las miré con agobio, pues ahora debía sacarle la información sobre el manejo de éstas. Lo bueno fue que antes de abrir la boca él dijo “o puedes darle tus seis pesos a alguien y que te preste su tarjeta”. Me disponía a buscar algún buen samaritano que hiciera paro cuando un joven se comidió y no quiso cobrarme nada. ¡Bendito Dios!

Bien, ahora necesitaba saber cuál dirección tomar. Le pregunté al mismo custodio e indicó el camino. Al despedirme surgió esta duda: ¿dónde aparece el nombre de la estación a la que se llega? Esperaba con cierto escepticismo que una bocina lo anunciara, pero ooooobviamente no funciona así, por lo cual al entrar tuve que hacer acopio de más fuerzas y dirigirme a otro extraño en busca de ayuda. Éste, que resultó ser muy amable, dijo que todavía faltaban veintitantas paradas. Okay, eso pensé, pero cómo saber dónde estoy si en ningún lugar te lo anuncian. Al terminar de cuestionarlo al respecto, comentó que cada andén tiene un letrero (diminuto, por cierto) con el nombre del sitio. Yo no lo veía. Empezaba a desesperarme cuando caí en cuenta que, como buena alta, debía agacharme para alcanzar a leer. No quiero pensar lo ridícula que me veía doblando las rodillas cada que el coso se detenía. Y estuve tanto tiempo ahí metida que caché a varias personas volteándome a ver cuando las puertas se abrían.

Luego de unos minutos decidí sentarme. Con el paso del tiempo el vehículo se llenó de personas, entre ellas una chica cargando a su bebé. Le cedí el asiento, y antes de tomarlo me observó con la curiosidad digna de alguien que no está acostumbrado a que lo traten bien. “El DF no puede ser tan hostil”, aseguré, y no, no lo es, pues luego otra chava hizo lo mismo. Qué alivio.

Aproximadamente una hora después arribé sana y salva a mi destino, nomás que la travesía no termina ahí: al acercarse la hora de regresar a casa decidí tomar un camión, o mejor dicho, un pesero. Tampoco sabía el costo del pasaje, pero tuve hueva/tedio/pena de acercármele a alguien más, así que me limité a pagar con un billete de veinte. Asumí, acertadamente, que el costo debía ser menor al de los buses de mi rancho.

Cuando creí que no habría otros misterios por resolver, me pregunté “¿y cuando quiera bajarme cómo se lo hago saber al chofer?”. Al ver que un señor se acercaba a la salida quise ponerme de puntitas para mirar lo que hacía, pero mal moví los pies cuando ya me había metido un santo madrazo en la cabeza: esta ciudad no está hecha para altos. Me iba a enojar, pero vi a un güey soltar la risa y opté por hacer lo mismo que él sonriendo ante mi torpeza.

Bajé victoriosa justo antes de que empezara la lluvia y me congratulé: lo difícil es empezar. Ya le voy perdiendo el miedo a la selva de concreto.

STC Metro CDMX: ahí te voy.

Peludo amor

pickerimageperro

Recuerdo perfecto cuando en agosto de 2008 llegó Chole a casa. Una antiguo pastor inglés recién nacida que casi cabía en mi mano.
Yo estaba algo renuente, pues nuestra última perrita (Pituka) tuvo un final trágico que me costó trabajo superar. No quería pasar por lo mismo, pero cuando Soledad comenzó a crecer a pasos agigantados no me quedó más remedio que enamorarme perdidamente de ella y sus travesuras, tanto, que cuando me mudé con mi mamá lamenté larga y silenciosamente su ausencia.
No es lo mismo llegar a casa y que te reciba el frío de la sala a que de pronto una mole de cuatro patas brinque encima de ti moviendo las caderas, bienviniéndote con una felicidad inmensa hayas o no tenido un buen día. Después Chiricuto, un pug simpatiquísimo, se mudó con el autor de mis días y Manuel, por lo cual mis visitas a su casa se hicieron un tanto más frecuentes. Necesitaba de esos besos babosos, el pelo en mi ropa y aquellos ojos suplicantes que no expresan más que amor.
Vivir con perros es una experiencia extraordinaria, y me doy cuenta de ello porque ahora que comparto techo con dos gigantes de los Pirineos y un poodle, me acuerdo y revivo momentos de felicidad que sólo estos cuadrúpedos pueden dar.
Despertar por la mañana y ver las colas güeras agitarse en el aire siempre me arranca una sonrisa, pues todavía ni bostezas cuando ellos ya te dieron los buenos días.
Su inteligencia es abrumadora, y ahora comprendo la obsesión que tanto mi papá como Xavier tienen por sus mascotas: no te abandonan, jamás estorban.
Recuerdo cuando a mis diecisiete años me quedaba sola con Chole. Su presencia aliviaba en gran parte mis depresiones. A veces hasta parecía que me leía el pensamiento cuando en el punto más álgido de la tristeza ella se acercaba poniendo su pata sobre mis piernas como diciendo “aquí estoy, tranquila”. Uf, qué alivio contar con una compañera así de leal y sincera.
No me extraña pues que cuando a mi papá le dicen “amigo” su respuesta inmediata es “amigos los perros”. Ellos no te darán la espalda. No conocen el rencor ni la envidia. Si aprendiéramos aunque sea un poco de la ternura que profesan, estoy segura de que seríamos mejores seres humanos.
Y bueno, contrario a lo que muchos dicen de “sólo les falta hablar”, considero que tal capacidad no les vendría bien, pues en mi caso los perros son uno de los mejores escapes que tengo del mundo real, ése donde nadie se calla y todos tienen una opinión. Saben escuchar, guardar secretos. No necesitan del habla para comunicarse, y eso es lo maravilloso: su silencioso, yet, evidente cariño.

Lluvias fuertes

photodefe

Procuro ver el piso cuando camino, pues vivo con miedo de caerme y pasar una vergüenza. Tal cosa resultaba fácil después de veintitrés años recorriendo una y otra vez las mismas calles, ésas que terminaron dándole paso a las raíces que arbitrariamente cuartearon -casi- todo el piso de Guadalajara, junto con la lluvia y los coches que hicieron de las avenidas verdaderas carreras de obstáculos: baches, zanjas, hoyos, etc.
Pues bien, poco tiempo después de comprobar que podía caminar por el parque con los ojos cerrados, cambié de domicilio. Habiendo pasado toda mi vida en la misma colonia, ahora despierto en otra ciudad: el Distrito Federal, un lugar donde levantar la vista no significa quemarte las pupilas con el ardiente sol veraniego, ni ver más que nubes. No. Aquí hay edificios y cielos encapotados. Banquetas escasas que tampoco se han salvado del entorno, mismas que no conozco y cuesta trabajo recorrer cuando hay tanto por mirar. No sé si cuidar mis pasos o apreciar el paisaje.
Podría parecer que el DF no se diferencia mucho de la Perla Tapatía, ¿por qué habría de hacerlo si al fin y al cabo forman parte del mismo país? Pero no, esos quinientos kilómetros que separan a la Capital de mi modesta ciudad natal son infinitos una vez que creas cotidianidad aquí.
El clima es abismalmente distinto. Hace un mes no podía dormir sin el ventilador puesto sobre mí a todo lo que daba, y bañarse era inútil: mal salías de la regadera cuando la frente ya se te había perlado de sudor. Ahora uso calcetines todos los días, y es seguro que si no me pongo blusa de manga larga y -mínimo- dos suéteres estaré titiritando como lo hacía en los inviernos más “crueles” de Guadalajara. Debo admitir que estas temperaturas frías me agradan bastante, pues luego de ser una triste espectadora de cómo cambió el clima en la tierra del tequila, disfruto como pocos la dicha de tomar un baño caliente o de poder regular mi temperatura con más ropa, cosa que en climas como el tapatío no pasa. O te mueres de calor, o te mueres de calor. Ni hablar.
Hay tanto por decir de mi nueva vida que un post no será suficiente, y menos cuando el pretexto de éste fue disipar la mente, retomar el ritmo. Ya me iré adaptando, y junto con la tranquilidad llegarán más letras.
Extrañaba esto.